miércoles, 28 de enero de 2015

Mi barrio y el progreso

Estuve mirando unas fotos del "facebook" de mi papá, entre esas fotos hubo una que me regresó a mis cuatro años o quizás cinco años, en esa foto vía a mi papá con los vecinos del barrio (entre ellos mi tío), con sus uniformes guindas y su copa trofeo al medio de ellos, estaban jovencísimos; calculando el tiempo, mi papá tendría la edad de mi hermano menor: 29 años, ya existíamos los tres: mi hermano, mi hermanita y yo.
Viendo esa foto, recordé que yo tengo una foto similar en mi álbum (herencia adelantada), la encontré y en esta foto yo estoy al lado de mi papá ¡soy parte del equipo!, totalmente abrigada (el cielo estaba nublado, quizás haría mucho frió) y con una vincha blanca enorme, inmediatamente se me agolparon varios recuerdos, todavía sigo ordenándolos.
Recuerdo que mi hermano y yo acompañábamos a mi papá a los partidos que se jugaban en la cancha de la vuelta de la casa, lugar que ahora ocupa un tramo de la Avenida Universitaria, la cancha era de tierra, la marcaban con yeso, quizás para cada partido oficial. Recuerdo que cada vez que salíamos con mi papá era motivo de algarabía porque sabíamos que él se iría a jugar y nos dejaría a nosotros, también jugando. Llegando a la cancha, él se iba a jugar y nosotros nos creábamos un mundo alterno, en el que los montículos de piedra, que hacían los vecinos para hacer las bases de sus casas, eran montañas, las marcas que hacíamos en el suelo eran ríos y que la tierra podía ser agua, fuego o tierra, según la historia que estuviéramos armando. Así pasábamos la tarde, no solo nosotros (mi hermano y yo), sino también los niños de los vecinos, incluidos mis primos. Ya de noche regresábamos los tres, mi papá, mi hermano y yo totalmente empolvados y sudorosos, mi mamá casi siempre se molestaba, pero en ese mundo de tierra ¿que podía esperar?.
Las calles del que fue mi barrio ya no son de tierra, las calles tienen asfalto y veredas; las casas ya no son de adobe, son de concreto y tienen más de dos pisos, mis vecinos dejaron de jugar, dejaron de hablarse y entre ellos se produjeron varios conflictos que han producido distanciamientos, los niños de antes crecieron, algunos para bien y otros para mal. Ya no hay tierra, las plantas de plátano que algunos tenían ya son historia, hay muy pocos jardines; parece que el barrio donde yo jugaba con mis primos y amiguitos, ya no existe. Parece que al igual que la tierra, las buenas intenciones y relaciones entre las personas humildes que llegaron a ese lugar en los 80s, fueron enterradas debajo de la Avenida Universitaria, del asfalto y del cemento que ahora cubre sus calles.
Las veces que he regresado al que fue mi barrio lo he sentido cada vez más frío, y aunque está lleno de niños (porque algunas chicas del barrio resultaron ser muy fértiles) los niños de ahora llenan las cabinas públicas o las máquinas electrónicas de juegos, y están solos, no se sabe que consumen, que hacen, que dicen y menos que piensan; paradójicamente la delincuencia ha ido en aumento en la misma medida que la gente se va amontonando en las casas.
El barrio de mi infancia donde una confiaba en su vecino y donde el vecino velaba por una, ya no existe, y realmente lo extraño, pareciera que el asfalto y el cemento enfrió los corazones. Y me pregunto si esto es el desarrollo, si la modernización es sinónimo de gelidez, si el "progreso" mas bien nos hace miserables. 
La tierra donde vivo ahora, también tiene las calles de tierra y una canchita improvisada en medio de una pampa enorme; y muy desanimada me pregunto cuando tardará en llegar el "progreso" para llenar de cemento y asfalto donde todavía se puede respirar aire limpio, donde las personas todavía se ayudan entre ellas y donde todavía se pueden ver niños elaborando historias entre los árboles, las piedras y la tierra.